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Ponyo en el acantilado: la inocencia del amor según Miyazaki

En 2008, Hayao Miyazaki estrenó Ponyo en el acantilado, una de las películas más entrañables de Studio Ghibli. A primera vista, parece una historia infantil sencilla, un cuento protagonizado por una pececita dorada que sueña con convertirse en humana. Sin embargo, bajo esa apariencia ligera se esconde una reflexión poética sobre la amistad, la inocencia y la pureza del amor.

Una sinopsis mágica pero cercana

La historia comienza con Ponyo, una pececita hija de un mago marino y una diosa del mar. Cansada de vivir bajo el océano, decide explorar la superficie y termina conociendo a Sōsuke, un niño de cinco años que la rescata y promete cuidarla. Entre ambos nace un vínculo especial, una amistad que pronto se transforma en algo más profundo.

Pero la decisión de Ponyo de abandonar el mar y convertirse en humana desencadena un desequilibrio en la naturaleza. A partir de ahí, la aventura se mueve entre la fantasía y lo cotidiano, siempre con el sello característico de Miyazaki: la convivencia armoniosa (o conflictiva) entre el ser humano y el mundo natural.

Mi opinión sobre la película

Ponyo en el acantilado es mucho más que un cuento infantil. Miyazaki toma como inspiración la clásica historia de La Sirenita, pero la transforma en una versión única, libre de dramatismo romántico adulto y centrada en la mirada inocente de los niños.

Lo que más emociona de la película es cómo el amor y la amistad se muestran desde la infancia. No hablamos de un amor idealizado ni pasional, sino de un afecto genuino, honesto, donde lo importante es aceptar al otro tal como es. Esa pureza convierte a la historia en algo universal, capaz de conmover tanto a niños como a adultos.

Su narrativa, aparentemente sencilla, encierra temas más profundos: la empatía, el respeto a la naturaleza, la confianza y la capacidad de creer en la magia del otro. Todo está contado con la sensibilidad habitual de Miyazaki, quien siempre logra hablar al corazón sin recurrir a discursos grandilocuentes.

Una obra de arte en movimiento

Más allá de su historia, Ponyo en el acantilado es un espectáculo artístico. La animación fue realizada completamente a mano, con más de 170.000 dibujos, un detalle que le otorga un estilo único y vibrante. Los trazos recuerdan a ilustraciones infantiles, lo que potencia el tono ingenuo de la película.

La dirección artística combina lo real y lo fantástico: un pequeño pueblo costero convive con mares embravecidos, criaturas mágicas y olas que parecen vivas. Este contraste refuerza el carácter dual de la película, a medio camino entre lo cotidiano y lo extraordinario.

La música, compuesta por Joe Hisaishi, es otro de los grandes pilares de la obra. Sus melodías acompañan a la perfección tanto la ternura de los protagonistas como la majestuosidad de las escenas marinas, logrando un equilibrio que intensifica la experiencia emocional.

Aunque su estética y su historia parecen dirigidas principalmente al público infantil, Ponyo en el acantilado tiene capas de lectura que la convierten en una película apta y enriquecedora para cualquier edad. Para los más pequeños es un cuento colorido y mágico; para los adultos, es un recordatorio de la importancia de mirar el mundo con la inocencia y la apertura de un niño.

Esa doble lectura es lo que hace que las películas de Miyazaki nunca pasen de moda y se mantengan vigentes con el paso de los años.

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Ponyo en el acantilado: la inocencia del amor según Miyazaki
Conclusión
Ponyo en el acantilado es una joya dentro de la filmografía de Studio Ghibli. Con su estética artesanal, su sensibilidad narrativa y su poderosa banda sonora, consigue transmitir un mensaje universal sobre el amor, la amistad y la relación entre el ser humano y la naturaleza. No es solo una película para niños, sino una obra que invita a reflexionar sobre lo esencial, recordándonos que, a veces, la mirada más pura es también la más profunda.
Estética / Animación
9.5
Narrativa / Guion
8
Personajes
8
Temática / Mensaje
9
Sonido / Música
9.5
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Pros
Animación artesanal única: cada escena está dibujada a mano, con un estilo vibrante que refuerza el carácter infantil y mágico de la historia.
Banda sonora memorable: Joe Hisaishi logra una de sus partituras más emotivas, elevando la experiencia sensorial.
Mensaje positivo y esperanzador: habla sobre el amor, la amistad y la conexión con la naturaleza desde una mirada inocente pero profunda.
Contras
Trama sencilla: algunos espectadores pueden sentir que la historia carece de la complejidad de otras obras de Miyazaki como El viaje de Chihiro o La princesa Mononoke.
Ritmo pausado: no todos los públicos conectan con la cadencia tranquila de la narración.
8.8
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